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Vª CARAVANA TRANSAHARIANA DE AGOSTO 2007:
dos semanas por MARRUECOS, MAURITANIA y MALI.
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Los prejuicios no son buenos y por eso me pareció una equivocación que un amigo me contestara que la gente no usaba ese tipo de coches para viajar a África cuando, antes de empezar la ruta, le dije que quisiera encontrar un “SUV” bueno, bonito y barato para hacer este viaje. “¡Si los “SUV” son los mejores vehículos para ir a África, sin duda!”, le contesté. “Porque cuando uno se va a África Negra debe saber prescindir de las pistas mas difíciles, las que exigen coches “todo-terreno” puros y duros, igual que hay que saber evitar las regiones inseguras por existencia de bandidos, las ciudades en las que están previstas las manifestaciones políticas, las zonas azotadas por monzones en “épocas de lluvias” o las castigadas por altísimas temperaturas de “épocas secas”…: ¡Por allí hay que ir a lo seguro, circulando sin arriesgarse a tener problemas!. C’est comme ça, ¡c’est l’Afrique!, mon ami…”. Lo de buscar compañeros de viaje para ir todos juntos atravesando Marruecos y Mauritania hasta la Republica de Malí, o mas allá para quien lo deseara luego, también fue otra medida de precaución. El plan propuesto a todos fue el de cruzar el Sahara por la costa atlántica para evitar los calores extremos del verano en el Sahara, y recorrer el valle del río Níger hasta Tombouctu por carretera y pistas principales. Yo nací en Madrid cerca del Parque del Retiro, y siendo pequeño mi madre solía llevarme a pasear a La Rosaleda, a Las Barcas, a La Casa de Fieras…; ¡pues, no sé porqué, cuando llegué a Algeciras el día uno de agosto para reunirme con mis nuevos compañeros de viaje todos esos nombres sugerentes me volvieron a la cabeza!: La ciudad me recordó a La Rosaleda por todas aquellas rotondas con jardines muy bien cuidados; el puerto a las Barcas del Retiro siempre ilusionantes; y la Terminal del puerto a La Casa de Fieras porque allí dormímos todos tirados en el suelo como perrillos, los españoles y marroquíes, los argelinos, mauritanos, malís, senegaleses, marfileños, nigerinos, nigerianos, asiáticos de diferentes países... Al amanecer nos juntamos cuatro coches: Íbamos Mikel y Asier con un Peugeot 205 de la primera serie, de aquellos que se anunciaban con un “Contigo Al Fin Del Mundo”; Fernando y su mujer con un fotogénico Land Rover “Defender 110” blanco muy bonito; Paco y su mujer en un reluciente Suzuki “Grand Vitara” azul turquesa chasis corto pero muy largo de aire acondicionado, buenas suspensiones y mejor música todavía; y mi hijo Gerardo, un amigo cantabro llamado Jose y yo mismo en un viejo Peugeot 505 que terminé comprando por ochocientos euros en el ultimo minuto. Todos llevábamos bicicletas en los portaequipajes, lo cual le daba a nuestra caravana un aspecto muy de “Tour de France”. Lo de cruzar el estrecho de Gibraltar por Ceuta es lo que mas me gusta; yo soy "de tierra adentro" y las profundidades marinas no me gustan; es lo mas corto y rapido. Luego atravesamos el Puesto fronterizo de Bab Cebta sin mas complicaciones que las sucesivas visitas a las abarrotadas pero abundantes ventanillas de la Policia, la Gendarmeria y la Aduana. Y desayunamos a las diez de la mañana en Tetuan como autenticos reyes hachemitas. Luego comenzamos nuestro periplo africano visitando Larache y Rabat: Cada cual tiene sus gustos y para mi, que siempre me gustaron las ciudades marroquíes, esta era la mejor de todas. Si alguna vez me pierdo en Marruecos buscarme en Rabat. Para empezar, siempre me gustó el “oued” Bouregreg, con Salé a la derecha y Rabat a la izquierda, dos ciudades que fueron una misma en épocas medievales pero que ahora tenían dos caracteres completamente diferentes; Salé sencilla y modesta, Rabat noble y distinguida. Ambas estaban metidas en grandes obras publicas ahora, haciéndose un “lifting”, rehabilitando las riberas del Bouregreg y dragando su lecho mientras se construía un dique de amarre para barcos de recreo en su ribera izquierda y se ajardinaba su margen derecha desde el agua hasta las murallas de Salé. Unos carteles anunciaban la restauración del fuerte de los Oudaya y la construcción de una Biblioteca Nacional. Y unos nuevos museos en el paraje, el de Arqueología, el de Arte Contemporáneo y el de Ciencias Naturales, así como la recuperación de Agdal, la playa de Rabat, donde se iban a hacer obras para arreglar los jardines de Essai... "¡Que bonito va a quedar Rabat!", pensé. El segundo día llegamos a Marrakech rápidamente circulando por una nueva autopista que nos encontramos allí sorpresivamente, y “ganamos” algo de tiempo para compras en un supermercado antes de ir a la “kashba”, junto a la plaza de Jma el Fna. ¡Pero hacia mucho calor, lo juro!; la hora buena para visitar Marrakech era el atardecer, y la plaza había que verla de noche, así que nos refugiamos a la sombra del viejo restaurante “Chez Alí” para comer en un decorado de descoloridos azulejos de arabesco azul y mobiliario colonial francés, un comedor de techo alto vidriado atendido por unos desgarbados camareros de chaquetilla blanca tirando a gris y fajín colorado muy amables. Nos trajeron “harira”, una sopa de verduras muy especiada, y un “cus-cus” de cordero o pollo. Por la tarde habíamos dicho que íbamos a visitar la ciudad… ¡pero decidimos que seria mejor enfilar hacia el mar todo derecho, a ver si llegábamos a Agadir para darnos un baño en la playa, mucho mas fresquitos!. Luego resultó que llegamos al anochecer porque la carretera que cruzaba el Atlas seguía siendo el mismo calvario peligroso de siempre, con cuestas llenas de camiones, curvas plagadas de taxistas adelantando en prohibido y cunetas estrechas poco acogedoras. Solamente Imintanouté, un pueblecito encajado en un desfiladero a la sombra de un palmeral a mitad de camino, nos ofreció descanso con un té y unas tortitas con miel de cuyo nombre árabe no me acuerdo pero de cuyo gusto si, mucho. El tercer día lo comenzamos con ganas, demasiado seguramente porque subimos al fuerte de Agadir muy temprano para las vistas panorámicas de la ciudad, su playa y todos sus alrededores… ¡y allí hubo que esperar un rato largo para que despejara la bruma matinal y pudiera verse algo!. Luego bajamos a la playa; ¡estábamos de vacaciones, en agosto y con toda la de Agadir delante, y no podíamos irnos así como así!. A medio día, finalmente, nos sacudimos la arena y la pereza, nos subimos a nuestros carros de fuego y nos marchamos hasta Tiznit bajo un calor de espanto, cuarenta grados de hierro, por lo menos. Allí buscamos el restaurante “La Rose des Sables” dentro de la “kashba”, a la sombra de su largísima muralla de adobe rojo a la que dimos toda la vuelta como paseíllo torero tardando en ello mas de media hora, era inmensa, desesperando con semejantes tonterías a mi hambriento hijo Gerardo aunque todos los demás estuviéramos encantados. En la cuarta jornada nos lanzamos a la carretera otra vez con muchas ganas, como potros desbocados, porque queríamos llegar a Tarfaya cuanto antes para meternos en la playa; ¡pareciera que se nos fuera a escapar alguna ola corriendo por el desierto…!. Por el camino hicimos una visita a los flamencos rosas y salinas de la ría Neyla, donde había un cartel que pedía silencio a los visitantes, y le tiramos una foto al agujero de Sidi Akhfennir, al que entraba el mar por un túnel horadado en la roca por él mismo. |
El quinto día de viaje era domingo y salimos al amanecer porque queríamos llegar a Dakhla a medio día, cuatrocientos kilómetros mas abajo. No era para ir a misa sino que en el hotel “Sahara Regency”, un cuatro estrellas bastante bueno, tenían televisión con antena parabólica y podríamos ver la carrera de Formula 1, a ver que hacia Fernando Alonso en Hungría. Pero nos entretuvimos mucho por el camino bañándonos en las bonitas playas al sur del cabo Bojador, y llegamos tarde. ¡Me tuve que consolar con la espectacular bandeja de pescados y mariscos que nos pusieron en “Casa de Comidas Luís”, en el centro, frente al antiguo “Circulo de Oficiales”!. Cuando llegamos a Dakhla yo encontré todo aquello cambiado, mas amplio, mas nuevo, pero no supe explicarme el por qué… ¡hasta que me di cuenta luego, al salir de comer, que había desaparecido el antiguo Fuerte español que debía haber frente al hotel!. Lo habían tirado y solo quedaba una plaza diáfana, alicatada hasta el techo, ahora. ¡Los marroquíes estaban haciendo desaparecer todos los vestigios coloniales españoles!. Pasamos la tarde descansando en la playa. La bahía de Dakhla era espectacular y el Gobierno debería apresurarse a declararla toda ella Parque Nacional. Tengo que contarlo: ¡Mi hijo cazó dos cangrejos aprendiendo de los chavales de allí, con una cuchara y escarbando en la arena!; ¡que orgulloso estoy!. Tenéis que ver estas fotos... La sexta jornada la empezamos temprano porque Guergarat, el Puesto fronterizo con Mauritania, estaba a cuatrocientos kilómetros mas al sur y queríamos llegar antes del cierre de medio día, a las doce, cuando paraban para comer. Deprisa, deprisa, hicimos una foto en el Trópico de Cáncer, otra en las espectaculares vistas panorámicas de la bahía de Cintra, llenamos todos los depósitos en el café Barbas, a ochenta kilómetros de la frontera, y llegamos con media hora de margen. El Puesto estaba perdido en el recoveco de una región especialmente curiosa, un desierto de formas caprichosas, ariscas y duras de arenisca gris. Cinco kilómetros de pista mas allá hicimos los tramites en el Puesto mauritano, también, y a las dos del medio día ya estábamos en tierra de nómadas mauritanos amantes de las jaimas, los camellos y las dunas, como nosotros!. En la frontera Mauritana, concretamente, lo que encontramos fueron insistentes amantes de los cambios de moneda local, la ouguiya, los Seguros de los coches y las tasas de entrada al Parque Nacional del Banco Arguin. ¡Y en plan muy abundante, además!. Muy pesados. Así que nos saltamos el bocadillo y, aunque era la hora de comer, seguimos todo derecho hacia el sur por la nueva carretera "Nouadhibou - Nouakchott" en busca de la tranquilidad del Sahara y de alguna acacia de sombra reparadora. ¡Naturalmente, para encontrar una sombra fresquita en el medio día de aquel desierto hubo que seguir rodando ciento cincuenta kilómetros mas, salirse de la carretera a la derecha por una pista de sesenta kilómetros entrando en el Parque Nacional, y llegar hasta la magnifica playa del cabo Tafarit, sin duda la mejor de Arguin, para zambullirnos en el agua buceando hasta los mas profundo!. Solamente después de media hora a remojo nos atrevimos a empezar a salir poco a poco, nos instalamos en las grandes jaimas maures del “campement touristique” de Baba Hagmed y nos preparamos la “comida–merienda–cena” que nos merecíamos, hambrientos. La noche fue estupenda, con el mar tranquilo y una temperatura fresquita, el refugio de la jaima maure y la perspectiva de todo el inmenso Continente Negro abriéndose delante de nuestros vehiculos al día siguiente. |
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